
- La distancia que hacía - los fines de semana - cuando mi mamá me llevaba a la plaza de Olivos en la sillita para bebés que va atrás de la bicicleta, era enorme y siempre se convertía en un recorrido nuevo.
- Al agarrar el volante de la catramina de mi tío-abuelo y dejarme maniobrar mientras él aceleraba y frenaba, ya era una persona grande e interesante, sobretodo interesante.
- El sueño que se me repetía una y otra, y otra vez, en mi infancia; donde estaba rodeada de autos y colectivos que circulaban por la calle de forma “entrecortada”, mientras yo “avanzaba estáticamente” entre ellos, tratando de ponerme a salvo; era un mensaje cósmico sobre mi futuro.
- El día en que una compañera de cuarto grado me llamó para que fuera hacia donde estaba ella (en pleno recreo), yo le hice caso y fui, y me dijo, sin trabas, que mis compañeras se habían apurado a irse sin mí (el día anterior), porque yo era una “percha”, resultó en un cambio doloroso, pero favorable en mi personalidad. Un visual antes y después en mi carácter.
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